Mi romance con Mía (#La bulimia)

Comenzamos a coquetear cuando yo tenía catorce años. Un año antes, a los trece, mis padres me llevaron a hacerme un tratamiento para crecer ya que consideraban que mi estatura era demasiado baja; el doctor pensaba que ya no crecería, ya que estaba bastante desarrollada, pero aun así, me dieron un tratamiento hormonal y me atiborraron de vitaminas. Después de diez meses no había crecido ni un centímetro, sin embargo, había engordado cerca de diez kilos. Al notar esto, mis padres se preocuparon por mi peso y me llevaron a una infinidad de dietistas que me ponían regímenes súper estrictos –que no podía seguir porque me mataban de hambre–.

Mi madre era bailarina y yo la veía con gran admiración; no entendía por qué no había heredado ni su cuerpo delgado ni sus bellos ojos verdes. Yo, en cambio, era muy atlética y fuerte, pero no me consideraba guapa; adoraba la naturaleza y correr me hacía sentir bien, era bastante veloz y en la escuela formaba parte del equipo de atletismo. Entrenaba muy duro, había logrado ganar las competencias estatales y regionales de cien metros planos y me estaban preparando para las nacionales. Sin embargo, mis entrenadores notaron también mi aumento de peso y me pidieron que me pusiera a dieta.

No sé por qué razón, pero para mí era muy fácil contraer el estómago para regresar la comida que acababa de ingerir. Fue entonces cuando se me ocurrió ir a conocer a #Mía: la bulimia. Pensé que sería muy sencillo escupir algo de comida todos los días para perder peso sin tener que hacer dieta. Luego decidí acelerar el proceso y en lugar de escupir, comencé a vomitar (algo que podía hacer con bastante facilidad). Pensé que de esta manera podría comer todo lo que me habían restringido durante meses y no engordaría. Al principio pareció dar resultados. Tanto así, que no sé si fue debido a que terminé el tratamiento hormonal o fue realmente Mía quien me ayudó a bajar varios kilos, pero perdí peso y eso me motivó para querer conocerla más a fondo.

Mía tenía muy mala fama en las redes sociales y en los libros de salud, pero pensé que conmigo sería diferente; yo podría decidir cuándo parar. Además, le estaba muy agradecida por haberme quitado un par de kilos de encima y, junto con ellos, a mis padres y entrenadores. Mía comenzó a atraerme porque me hacía sentir ligera y me decía que mi cuerpo era más atractivo cuando la frecuentaba; me animó a salir a fiestas y me sorprendí cuando vi que había chavos que sí se fijaban en mí. Ella me convenció de que era gracias a ella que tenía éxito y no dudé en empezar con ella un apasionado y tormentoso romance que duraría muchos años.

Al principio sólo nos veíamos de vez en cuando; me escapaba a verla después de una cena muy abundante o para contarle que me había excedido en el postre. Pero ella me convenció de que nos debíamos ver más seguido, incluso sugirió que deberíamos vivir juntas, y yo acepté. Se mudó conmigo y me exigió atención después de cada comida. Cuando se divorciaron mis padres, ella me escuchaba, me pedía que me alimentara para reconfortarme y luego me invitaba a ir con ella para hacerme sentir ligera; a través de Mía podía deshacerme de toda mi tristeza y enojo.

Mi cuerpo se acostumbró a ella; me exigía cada vez más y más comida, subí de peso y no lograba sentirme satisfecha con nada. Me di cuenta de que era mentira que Mía me hacía adelgazar. Le pedí un break, pero ella dijo que si la dejaba me haría engordar como nunca y se encargaría de que nadie se fijara en mí. Me hizo prometerle que nadie se enteraría de lo nuestro, me prohibió contarlo a mis amigas y a mi familia. Yo accedí sin peros ya que nuestra relación me hacía sentirme muy avergonzada. Me hizo jurarle que si nos descubrían lo tendría que negar todo y que, pasara lo que pasara, jamás la abandonaría. Se comenzó a volver posesiva y estricta. Odiaba que viera a mis amigas o saliera con chavos y siempre me hacía pesarme y medirme. Era muy contradictoria: me decía que tenía un cuerpo muy bonito gracias a ella, pero cuando quería salir me hacía ver todas mis imperfecciones y me convencía de no hacerlo por gorda. Me prohibió seguir con mis entrenamientos y, para obligarme, me causaba mareos y me hacía sentir débil.

Conforme pasaron los años, las cosas fueron empeorando. Recuerdo que una vez, después del divorcio de mis padres, me pidió ir a verla cien veces en un día. Acabé agotada y me comencé a dar cuenta de que no era tan buena como yo había creído: me había alejado de mis amigas del atletismo, no me dejaba concentrar, me hacía sentir triste y frustrada, irritaba mi garganta e intestinos, se robaba mi periodo algunos meses y hasta comenzó a meterse con mis dientes, aunque sabía lo mucho que yo odiaba a los dentistas. Cuando nuestra relación llevaba unos ocho años, conocimos juntas a Luis. A las dos nos gustó mucho y algo se alineó en el universo porque yo tenía planeado ir a con todos mis compañeros de trabajo a un bar de moda, pero solo nos dejaron entrar a Luis y a mí. Como no había ningún otro conocido, platicamos por horas, bebimos, bailamos, jugamos futbolito… él no perdía pretexto para rozar mi mano; me invitó a ver las estrellas y nos besamos. Sentí escalofríos en la piel y una certeza como nunca la había tenido de que quería estar con él.

El sentimiento fue mutuo y nos hicimos novios. Mi vida volvió a brillar: me sentía tan plena que comencé a olvidar a Mía, pero ella se puso súper celosa; rompí con ella por unas semanas, pero me di cuenta que había saboteado mi sistema digestivo para que ya no pudiera digerir adecuadamente. Me daba vergüenza ir al doctor (¿cómo le explicaría?) y no tuve más remedio que seguir mi relación con ella por más tiempo.

Luis me pidió matrimonio y nos fuimos a vivir juntos. Todo parecía felicidad pero Mía se volvía cada vez más hostil y violenta conmigo. Se ponía furiosa cuando Luis y yo hablábamos de tener una familia porque sabía que ella no estaba incluida en esos planes.

Le supliqué que me dejara si yo me embarazaba porque no había nada que quisiera yo más en el mundo que tener un bebé sano; tenía muchas ganas de dar amor y recibirlo. Pero por más que la insulté y la corrí de mi casa, no me dejó. Me hacía pensar que ya se había ido, y de repente regresaba cuando veía aterrada frente al espejo mi cuerpo de embarazo que estaba en expansión; me prometía quitarme la indigestión, la pesadez (solo un poquito, lo mínimo, sin dañar a nadie), pero luego me trataba de mala madre, decía que yo era un ser asqueroso y vergonzoso, se reía de que había caído en su juego y se iba un tiempo para regresar con más furia.

Mía se equivocaba, ya que aun con los kilos que subí por el embarazo, a Luis le seguía pareciendo atractiva. Me di cuenta que lo que me decía la bulimia eran puras mentiras: ya no le creía, pero no podía sacarla de mi vida; no podía frenarme, me observaba como un robot sin que yo pudiera parar mis pulsiones. La situación llegó a un punto en el que me rendí: recé y lloré, pero no fue suficiente. Gracias a Dios y contrario a mis miedos y a las profecías de la pinche bulimia, tuve dos hijas hermosas y sanas.

Para ese entonces casi llevaba veinte años de relación con ella, sabía que mi vida estaba en riesgo y mis hijas me motivaban a querer sanar, pero me sentía completamente impotente. Intenté dejarlo con varios tipos de terapia y tomé antidepresivos, pero no podía frenarme. En mi búsqueda de opciones comencé a estudiar psicoterapia humanista para intentar curarme.

Justo después de tener a mis hijas, la misma Mía me sugirió algo que me ayudaría a abandonarla: me convenció de inscribirme a un gimnasio, ya que siempre me decía que estaba gorda. Fue ahí en una clase de yoga que me di cuenta que cuando conectaba con mi cuerpo y mis sensaciones podía sacarla de mi mente. Entendí que para dejarla tenía que trabajar en mí, conectarme conmigo misma y mandar a la fregada las valoraciones y los juicios externos. Inicié la práctica –regular y constante– de yoga y meditación y comencé a sentirme más fuerte.

Para romper con Mía era necesario que enfrentara los temores que me ataban a ella. Mis principales miedos eran:

 

  1. Aceptar que tenia Bulimia y hablarlo.

 

Rompe el secreto: La Bulimia es como un vampiro al que debilita la luz y si la expones pierde fuerza. Yo confesé ante mi grupo de terapia y ante mi familia que tenía bulimia, y en lugar de rechazo recibí cariño, cercanía y admiración por enfrentarlo.

 

  1. Comer normalmente con el riesgo de engordar

 

Regulariza tu alimentación: Yo planeé con anticipación un menú lleno de cosas ricas y sanas y procuré seguir horarios, no saltarme comidas, hacer tres comidas al día y dos colaciones. No sentir hambre disminuyó los atracones. Hice un diario de cuándo me excedía al comer (sin juicio) y me di cuenta de qué alimentos me provocaban excesos. También supe que muchas veces comía por ansiedad y miedo. Traté de cambiar mis hábitos, y en lugar de comer automáticamente cuando buscaba estabilizar mis emociones, salía a caminar o hablaba con alguna de mis amigas. Pensé que engordaría, pero no fue así. Nuestro organismo es muy sabio y toma un ritmo lento cuando no comes y se activa cuando no siente restricciones, así que seguí con una rutina moderada y comencé a sentirme muy bien.

 

  1. Ser yo misma

 

Me sentía poco valiosa e inadecuada, así que no me atrevía a expresarme y a exponerme tal cual soy ante los demás. Al sanar me abrí a tener nuevas experiencias, a crear aventuras, y a… ¡divertirme!

 

Mi divorcio de Mía no ha sido un proceso fácil. Ya no está en mi vida, pero a menudo regresa a mi mente con pensamientos negativos. He tenido que responsabilizarme de mí misma y descubrí que la vacuna que la mata es el amor. Cuando soy paciente, compasiva y amorosa conmigo misma, se desvanece de mi mente.

 

Ten cuidado porque he escuchado que Mía está furiosa de que la haya echado de mi vida y está buscando desesperadamente jovencitas que la oigan y le crean para tener nuevos amoríos. Publica en los medios imágenes de cuerpos perfectos y hace creer a las inocentes que solo con cuerpos así y haciendo dietas y cosas que te dañan puedes aspirar a ser feliz y ser amada. Si se mete en tu mente y te trata de fea y gorda, no le creas. Recuerda que la verdadera belleza consiste en brillar siendo quien tú eres.

con cariño

Andrea Rionda J

redes: @bulimiagracias

5 comentarios en “Mi Romance con la Bulimia Nerviosa

  1. Andy que valiente lo que has enfrentado y que ahora lo compartas abiertamente, demuestra tu gran amor a ti y a tus hijas, y a muchas jovencitas que al leerte les des luz y guía. Gracias por tomar la enorme responsabilidad de ayudar con tu valiosa experiencia y tus conocimientos adquiridos en estos años de vivir con Bulimia. Felicidades por esta gran iniciativa!!

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    1. Mi querida amiga, que gran lección de amor, valentía y determinación. Tu historia en verdad es de admirar. Tu forma de escribir es clara y transmites tus emociones al grado que me pude conectar con ellas y sentir las dificultades que has tenido que pasar gracias a Mía. Muchas gracias por compartir tu historia, por darle esperanzas a todas aquellas mujeres que han padecido o padecen de la presencia de esta “compañía” con mucho cariño y admiración: Lorena

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